Ella sonríe desde su lugar en la cama y él, devoto, la mira fijo. Una brisa helada se filtra por el pequeño espacio entre las dos ventanas. Afuera el día amanece. Los colores azules comienzan a empapar a ambos amantes, al cuarto que toman como fuerte mientras afuera la ciudad de Buenos Aires duerme un poco más.
Él se sienta junto a ella y ella, vestida solo con una camisa, lo pellizca. “Esto es real”, piensa él. “Esto es lo que me queda ligado de una vida con suerte”. Ella tiembla bajo las sábanas, por lo que él se apura para cerrar la ventana y acercarle la taza de café. El café. Su aroma de alguna manera se funde con la silueta de ella. Café y mujer sonríen por igual. Ambos huelen por igual. A ambos ama por igual. Ella lo mira fijo, ojos marrones y pestañas afiladas. Esto es todo lo que queda del mundo.
“¿Qué”, pregunta ella. “¿Qué tengo?”.
“Nada”, responde él. “Todo”.
Quizás debería dejar las complicaciones a un lado, piensa, porque en definitiva no fueron esas complicaciones las que los llevaron a donde están. Quizás el cuerpo de Luna sobre la cama tenga el encanto de las cosas simples, fáciles de entender. En sus curvas quizás pueda adivinar los unos, el chocolate, las preguntas cordiales sobre el clima cruzadas en ascensores. Quizás en esas curvas, disimuladas bajo la camisa blanca, se encuentren las respuestas a todos los dilemas del universo, en forma de una respuesta tan clara que hasta un nene la entendería.
Ambos se recuestan mientras las nuevas luces del amanecer devoran con paciencia infinita el piso de madera y las tazas sobre el piso. La marea sube, y los dos amantes se recuestan aún más sobre la última balsa en el último cuarto del mundo. Él menciona algo por lo bajo y ella ríe: esa risa le gana unos metros al mar. Pero nada importa.
La luz los alcanza, semidesnudos, en todo lo que es puro e inocente. Cuando la alarma suene, nueve de la mañana, ambos serán nuevamente humanos, nuevamente complicaciones. Las curvas de ella hablarán sobre nuevos artistas en otros países del mundo, la mirada de él hablará de fútbol o de sueños a medio completar. El mar retomará la calma, o la tormenta, mientras dos amantes recortan una ciudad en espera de otra noche en la que el mar retroceda y su balsa vuelva a ocupar el centro en el último cuarto del mundo. Hasta entonces todo lo que tienen lo dividen en un beso
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